jueves, 10 de octubre de 2013

La Casona y sus secretos

               
      Esta historia que voy a contar, sucedió en uno de los pueblecitos que fui de veraneo cuando era jovencita, no se la fecha, pero ocurrió mucho tiempo antes de enterarme de los hechos que me contaron, ahora al cabo de los años, comprendo que no era extraordinario, sino que era lo corriente que acontecía por aquellos  años, lo que sí fue raro es como terminó y como afectó a cada uno de los personajes. 
      El pueblo  constaba de una casona, la Iglesia, el Ayuntamiento y el Colegio, todo típico de los tiempos. La casona dominaba todo el pueblo porque estaba en lo alto de un monte, allí vivían los dueños cuando iban y  siempre estaba preparada por si se les ocurría aparecer.
     Una de las guardesas que atendía la casa, era una viuda joven, que tenía dos hijos mellizos de 17 años, el muchacho llamado Ricardo, se ocupaba de ir con el ganado al campo y de una pequeña huerta que había hecho a su madre para la comida de la casa. La muchacha llamada María, ayudaba a su madre en la limpieza y cuidado de la casona.
     En el pueblo había un Colegio y un único maestro,  que daba clase a todos los niños, tuvieran la edad que tuviesen, era un gran maestro, vocacional y siempre pendiente de sus alumnos. En aquella época los niños dejaban de ir a la escuela a los 12 años, para poder ayudar a sus padres trabajando en lo que podían. Esto ocurrió con María y Ricardo que dejaron de ir a la escuela, en contra del criterio del maestro que adujo una inteligencia fuera de lo normal, pidió al padre cuando vivía y a la madre cuando este murió, que siguieran dando clases y mandarles a la capital cuando fueran más mayores, pero la madre se negó, no tenía dinero suficiente y así siguieron sus vidas, el uno con el ganado y la otra con las tareas de la casa.
     Un verano, no sé la fecha, llegaron cuatro coches cargados de maletas, con todos los criados de la Capital, venían a instalarse en la casa,   nadie sabía  los motivos, ya que ellos sí iban, era para pasar solo unos días; alguna vez un mes con los niños, pero poco más, el señor venía a cazar con sus amigos en la época de caza. La señora venia solo en Noviembre por Todos los Santos, ya que   tenía enterrados en la  Iglesia de la casa a sus padres.
     El Administrador llamó  a Adela la guardesa a la casa grande, para comunicarla que su hija María tenía que encargarse de los dos niños pequeños que tenían los señores, eran unos diablillos de 5 y 6 años, se llamaban Pedro y Pablo, no paraban quietos ni un minuto. A María le hizo mucha ilusión salir de la monotonía de estar siempre con su madre en su casa. Además de estos pequeños había dos hijos más, una niña de 15 años llamada Carolina, la pobrecita estaba impedida, había sufrido de pequeña poliomielitis, estaba siempre en silla de ruedas, era guapísima, buena, cariñosa y muy dulce y un varón de 20 años  llamado Alejandro, siempre estaba entre libros,  le  gustaba la música, tocaba el piano maravillosamente y pintaba unos cuadros preciosos, era un artista en toda la expresión de la palabra,  lo opuesto a su padre que le gustaba el aire libre, los caballos y la caza, estudiaba arquitectura en la Universidad,  muy inteligente y físicamente tampoco estaba mal, tenía un buen tipo y de cara  con ojos y pelo negro y sobre todo la bondad se reflejaba en su rostro.
     La señora de la casa era muy guapa, un poco estirada, enseguida que llegó fue a verla el médico, estaba enferma, tenía tuberculosis y la pobre, se encontraba  aislada en la parte de la casa más sana, donde daba el sol de mañana; solo podía dar pequeños paseos por el jardín, enseguida se cansaba, tenía que comer poquito y a menudo y reposar mucho. En aquella época no existía la penicilina y era una enfermedad casi siempre mortal. A los niños los veía de lejos y estaba muy triste.
      La vida en la casa era bastante agitada, entre los niños, el padre con sus amigos y la madre enferma; para María la monotonía de su vida anterior la parecía un recuerdo a veces agradable,  por las mañanas llevaba a los niños al Colegio, la madre no consintió traer un preceptor, decía que los niños deben de estar con niños, no criarse aislados del resto del mundo, a ellos  no les gustaba ir al colegio y  no paraban de refunfuñar.
-          María no quiero ir al Colegio.- decía Pedro.
-          María no he hecho los deberes y el maestro me va a regañar.- decía Pablo.
    María con toda la paciencia del mundo les decía:
-          Ojala yo fuera al colegio.
Los niños no entendían porque  María no había ido  al colegio a estudiar.
Un día los pequeños se lo comentaron a Carolina y Alejandro a la hora de la merienda, estos preguntaron a María el porqué de no haber asistido a la escuela y ella les dijo los motivos y lo que había dicho el maestro con respecto a que siguieran estudiando.
       Alejandro se lo comentó a su madre y esta le dijo que en el campo se obraba así, ir a la escuela hasta los 12 años, luego se tenían que poner a trabajar, este no dudo un momento:    Madre me parece una injusticia, no podríamos nosotros hacer algo por ellos, deberías hablar  con padre y éste con el maestro a ver qué opina él y que sí hubiera alguna solución.
      Veré que puedo hacer,  pero tu padre no es amigo de cambios, las cosas están cono están y punto. 
     Pasó el tiempo y todo siguió como siempre, pero la semilla estaba sembrada y en buena tierra. Alejandro se fue a la Capital a estudiar, en aquella época los estudiantes adinerados, debían tener un criado, este hizo todo lo posible para que el padre dejara ir con él a Ricardo,  con la única condición de que no fuera a dar clases, pero la tozudez del padre, también la tenía el hijo y fue él el que le dio clases, aprendió rápidamente, parecía una esponja, todo lo absorbía.
     Al ver el resultado de sus enseñanzas escribió una carta al maestro para pedirle consejo y este fue a la Capital, habló con sus profesores que tenían un Colegio religioso, le concedieron una beca. Ricardo se hizo maestro.
     El fin de este personaje de mi relato, fue fruto de la bondad de un lado y de la tenacidad de otro.
        Volviendo a la historia originaria y siguiendo con los mellizos, María seguía cuidándolos, estos creciendo y ella llevándolos a la escuela, el maestro iba a la Casona a  dar clases a Carolina, María aprendía todo lo que la enseñaba, pero Carolina, que era una niña enfermiza se agravo, el médico del pueblo no sabía lo que le pasaba, tenían  miedo de que fuera tuberculosis, decidieron llevarla a la Capital a ver a un especialista y que la acompañara  Adela y su hija María. Se fueron a vivir las tres a la casa que los señores tenían en la Ciudad, fueron al médico y efectivamente la niña había contraído la enfermedad de la madre, pero lo que llamaban tuberculosis galopante, muy agresiva y como estaba muy débil tuvieron que ingresarla en un Hospital, centros que había para enfermedades infecciosas, se encontraban en lugares secos y fríos normalmente en la sierra.  
       La madre estaba desesperada, por la lejanía de su hija, por su enfermedad y sabiendo, porque se lo había dicho el médico que no tenía cura.  Se ingresó en el mismo Hospital para estar el lado de su hija, aunque empeorara ella, ya que estaba bastante mejor, pero no podía estar lejos de su hija, tomó una decisión que le costó la vida.
       Fue tristísimo, fallecieron las dos en un tiempo récor, la Casona se inundó de pena y tristeza, el señor, no era el mismo, no volvió a la Capital, no cazaba, no venían amigos, no salía a montar a caballo, nada, era como si fuera un fantasma de sí mismo.
      Adela la guardesa llevaba la casa y María cuidaba de los Mellizos, los pobrecitos ya no jugaban como antes, ni eran tan traviesos,  el Maestro se preocupó muchísimo y habló con el padre, debían de sacarlos de allí, cambiar de aires, ya que podían ponerse malos de melancolía, sería bueno que se fueran a la Capital, a un Colegio con muchos niños, para que jugasen con ellos y olvidaran un poco tanta pena que tenían en sus corazones. 
      Salieron de la Casona camino de la Capital con Adela y María para cuidarles y el maestro habló con sus antiguos profesores para que los niños entraran en el Colegio donde él había estudiado. Alejandro iba todas la tardes a ver a sus hermanos y Ricardo a su madre y hermana, merendaban y a veces se quedaban a cenar, otros días salían a pasear, hasta que el amor entró en sus corazones, ese amor juvenil, maravilloso, que no atiende a razones, ni en la sociedad en la que vives, solamente quieres estar juntos, besarse, amarse, la maravilla de entregarse al ser amado. Adela habló con Ricardo, para que a su vez hablara con María e intentara hacerla comprender que no era posible su amor con Alejandro, este no aceptó la forma de ver la situación de su madre, dijo que eran libres, jóvenes y se querían y eso era suficiente.
      Un día desaparecieron, sin dejar rastro, nadie sabía  donde se encontraban, Adela estaba enloquecida, el señor que ya estaba depresivo y melancólico, no lo aguantó y un día apareció colgado en el dormitorio de la casa. Fue una noticia difícil de asimilar en la época que ocurrió.
     En la capital se instalaron Adela y su hijo Ricardo, el dando clases y ella cuidándole, no supieron en mucho tiempo nada de María y Alejandro. Un día llego una carta de Argentina, el matasellos era de Buenos Aires, había tardado en llegar un mes y medio, en aquellos tiempos, solo se hacían los viajes en barco y les anunciaban que pensaban volver a verlos, ellos y sus hijos, que estaban bien y felices,  que Alejandro era un arquitecto de renombre y  que no habían escrito antes por qué no sabían la dirección en  donde vivían, la habían encontrado a través de unos abogados, ya que la Casona estaba prácticamente en ruinas, que los querían mucho y que los verían por Navidad.
     La sorpresa que recibieron, era inenarrable, no podían creerlo, después de tantos años sin saber nada y de pronto, la carta y todas las noticias que incluía en ella, era maravilloso, fueron felicísimos, máxime con la llegada en Navidad de todos, por fin se iban a reunir, aunque no estuvieran al completo.
     Esta historia fue real, el pueblecito existe, ahora es irreconocible, lo único que no ha variado son las ruinas de la Casona, no la quisieron reconstruir, dijeron que había habido mucha tristeza en ella y que era mejor dejarla como estaba, lo único que está cuidado es el mausoleo en el que están los restos de todos los fallecidos de la familia.
       
            
                                    

         


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