jueves, 20 de marzo de 2014

Naturaleza

El calor suave de la primavera que acariciaba su cuerpo y una leve brisa, la iban sumergiendo en un dulce sopor. Los aromas frescos que emanaban del jardín le llegaban llenando todo su ser en una vibrante y sensual vitalidad. Poco a poco se iba abandonando a aquel estado hipnótico y placentero.
Súbitamente, un tímido roce en su espalda, apenas perceptible, le saca de su estado de somnolencia y percibe los aromas de un, inesperado amante.  Suave y delicadamente, él va recorriendo cada parcela, cada pliegue de su tersa piel. Ella siente como su sangre le va activando cada rincón de su organismo.
Poco a poco, las caricias van dado paso a intensas  presiones de cuerpo contra cuerpo. Ella, desbordada ya por un intenso deseo, se vuelve, lo abraza, es mas corpulenta que él, lo arrastra y lo aprieta contra su vientre... su excitación  hace que sus movimientos sean convulsos. Siente entonces como él la penetra, su cuerpo se electriza, se contrae, se expande, la tensión es casi insoportable, la respiración difícil, siente como sus fluidos la invaden y, finalmente, llega el orgasmo. En ese  paroxismo, con sus entrañas aún llenas de él, clava sus potentes mandíbulas en la cabeza de su amante poniendo fin a todo. 
La Mantis Religiosa, continuó devorando a su macho cumpliendo una vez mas, el tremendo y trágico rito de su especie, de amor y de muerte.




Juan Carlos    Abril 2013

Diálogo a solas

-- Por favor ¡basta ya de inseguridad y sentimientos de culpa!  Llevo años diciéndolo y, no sólo nunca me hiciste caso sino que incluso, llegaste  de forma injusta, a ocultarme y silenciarme.

-- Sabes perfectamente porqué lo hacía: No podía, no era capaz de enfrentarme sola a todo lo que me rodeaba. Nadie lo hubiera entendido, empezando por mis padres .

--Sí pero, estarás de acuerdo en que cada día que pasaba era peor, todo se iba complicando...

-- Para ti todo es fácil pero quien daba la cara era yo.

-- ¡Eres idiota como siempre! Si eras tu quien daba la cara es porque nunca quisiste que lo hiciera yo. Y bien que lo pedía...

--¡ Que fácil y sencillo lo ves todo ! La realidad es que todo era y es, tan contradictorio que saber qué hacer y tener la valentía de afrontarlo nos ha llevado toda la vida. Y ¿ a quien tratas de engañar presumiendo  ahora de seguridad y de tenerlo claro, o es que no nos conocemos?

--¡ Bah ! Siempre fuiste cobarde, no lo niegues. y, fíjate ahora la situación en la que estamos, marido, niños... ¡Uf!

--Pues sí pero, es ahora y no antes, cuando soy consciente  de que sólo hay una salida pero ¡ es asfixiante ! No sé cómo soportar la angustia que me está produciendo.

-- Bueno, tranquilízate. Hemos tomado finalmente la decisión y ya no hay marcha atrás. La cuestión es cómo y por quien empezar, Enrique, los niños...

-- Enrique no me preocupa, a fin de cuentas llevamos ya tantos años de distanciamiento que, muchas veces creo que sabe lo que realmente ocurre. Lo peor será con los niños. 

--Seguro que ellos lo comprenderán y lo acabaran aceptando porque se impondrá el cariño a cualquier otra consideración. Desde luego hay que esperar que, en principio, las reacciones serán de no creérselo y rechazarlo pero, poco a poco ya verás...

--Ya, sí pero, como es habitual tendré que ser yo sola la que afronte el mal momento.

-- Bueno, que quieres que te diga, recuerda lo que nos dijo la siquiatra: “trastorno de identidad disociativo de personalidad múltiple”. Y que eras tu la “visible” y yo la “oculta”. 

-- Bien, estoy decidida y dispuesta. La cuestión es ¿cómo lo hago, hacemos?

--Como te he dicho, creo que  hay que empezar por los niños.Ya son algo mayores y hay que esperar que alguno no reaccione del mejor modo pero, dales tiempo, no te asustes, ni te eches para atrás. Comprende que es demasiado inesperado lo que les estás contando: Que a tus cuarenta años pasando por ser una mujer con una vida normal y corriente, católica practicante, profesional seria, amante esposa de su marido y sus hijos, eres homosexual y dejas tu casa, tu familia y todo lo que es tu vida, para irte a vivir con la mujer de la que llevas enamorada media vida.

                     Juan Carlos                                                            Marzo2013

jueves, 13 de marzo de 2014

Objeto equívoco

El domingo se presentaba un tanto aburrido: salí por la mañana a desayunar (cosa que no suelo hacer), volví con los periódicos y salí al jardín al leerlos.
Empecé no por la política, como siempre hago, pues ya estoy saturada de que siempre digan lo mismo, sino por los suplementos. Uno de ellos me llamó la atención, el de los libros, yo soy un poco ratón de biblioteca. Lo hojeé y me quedé petrificada, pues vi uno que de joven me había causado muchas inquietudes , unas agradables y otras desagradables, ...me marcó. Eran las Confesiones de San Agustín.
Cuando era una cría de diecinueve años salía con un muchacho muy religioso. Estaba loca por él y tenía las hormonas bastante revueltas. Me gustaba todo de él. Su sonrisa: tenía las paletas un poco hacia fuera, cuando se reía parecía un ratoncillo, muy gracioso. Sus orejas muy pegaditas a la cabeza y pequeñitas. Sus ojos negros como carbones pero siempre con chispitas. Las cejas alineadas, el pelo negro, tanto, que cuando le daba el sol tenía reflejos azules. De cuerpo ya no digo nada: alto, ancho de espaldas, sin gota de grasa, era deportista. Bueno, un bellezón, pero (todo tiene un pero) su religiosidad era espantosa, alienante.
Un día de San Valentín me trajo un regalo, un paquetito. Lo desenvolví y me encontré con un libro precioso en forma de estuche. Eran las Confesiones de San Agustín. La verdad es que tuve que poner al mal tiempo buena cara, porque no me gustó nada, pero dije que me había gustado muchísimo, yo ya sabía por dónde iban los tiros.
Lo que yo quería en realidad era algo menos didáctico, más apasionado, vamos a decirlo claro: algún achuchón, muchos besos de tornillo, caricias y ponerse un poco a tono, pero qué va... Para el muchacho todo era pecaminoso, por eso me regaló el librito en cuestión, para que lo leyésemos juntos y así no tener malos pensamientos.
Cuando me fui a mi casa, no sabía si llorar o reír. En esta relación lo más parecido a un objeto sexual sería el dichoso libro.
Por eso, cuando han pasado los años y he visto una nueva edición y con el mismo formato, me he dado cuenta de que ahora lo veo como un recuerdo precioso y se me han vuelto a despertar todos los sentimientos que experimenté cuando tenía diecinueve años. Lo voy a comprar y serán los recuerdos los que llenarán mis pensamientos eróticos en la edad madura.


El viaje de Emma

Este invierno había sido especialmente duro para Emma, el trabajo en el banco con todas las denuncias, auditorías, presentaciones de activos, hipotecas, etc. la habían dejado extenuada.
Casi no había tenido tiempo para Ernesto, su marido y sus dos hijos, Carmen y Fernando, pues el trabajo le absorbía la mayor parte del día. Cuando llegaba a casa ya estaban con el pijama puesto y preparados para irse a la cama. Hacía un esfuerzo por contarles un cuento para, al menos, compartir unos minutos con ellos. Antes acostarse,  comentaba con Ernesto los acontecimientos del día, las facturas pendientes, los horarios de dentista, médicos, partidos y actividades varias.

Ernesto y ella más que una pareja, parecían los gestores que sacaban para adelante un hogar y una familia.

Los fines de semana no eran  más tranquilos. Alternando los almuerzos entre sus padres y suegros, llevando a los niños a celebraciones de cumpleaños, partidos de fútbol, al cine, al teatro...

Tenía programada su agenda para que todo encajara, incluso apuntaba las noches en las que ella y su marido tendrían sexo.

Instalada en esta rutina, una mañana Emma comenzó a ver a las puertas de la sucursal a grupos de personas, sobre todo mujeres y niños, que portaban pancartas caseras,  hechas con trozos de papel y telas, pidiendo que no les echaran de sus casas.

Un día tras otro, para entrar en su oficina,  intentaba sortear a la muchedumbre congregada, cada vez más numerosa y las miradas de desesperación de las personas con las que se cruzaba fueron haciendo mella en su ánimo.

El lunes por la mañana llovía, la gente seguía allí, con paraguas, impermeables y rodeados de coches de la policía. Se fijó en una mujer de unos sesenta años, con el pelo oscuro, rostro aceitunado y ojos negros, unos ojos grandes y tristes que agarrándole la manga de su gabardina le imploró:
–Niña, por lo que más quieras, dile a esos señores del banco que no tenemos donde ir. Si yo tuviera para pagar las letras del piso ¿Tú crees que estaría aquí con mi artrosis y mi diabetes?
–Señora, usted con esas enfermedades,  tendría que estar en su casa. Además va a coger un resfriado.

–Tengo que estar aquí, “miarma”, ya no es por mí. Somos siete los que vivimos en el piso que su banco nos quiere quitar: mi hija, su marido, mis tres nietos, mi hijo de veinte años y yo. Ninguno tenemos trabajo, ni sueldo,  malvivimos con lo que vamos sacando de hacer chapuzas.

–¿Y cómo tira para adelante su familia?

– Pues, yo me las apaño como puedo, hago croché y coso algún arreglillo para la calle, peros mis vecinos están igual de tiesos que nosotros y poco encargo hay.  Me ocupo de la casa y de los niños. Cocino para mi casa y para la vecina que está muy malita la mujer y no puede moverse. No sabes lo que estiro yo un pollo;  con unos garbanzos  y unas papas tengo sopa para tres días, y a veces sin pollo ni ná, más que papas, con un manojo de apio  y otro de yerbabuena.  Mi hija limpia escaleras por la mañana y por la tarde cuida a un anciano. Mi hijo y mi yerno están a lo que sale, pero cuando no hay dinero, la gente no lo puede gastar.

–Señora intentaré ayudar en lo que pueda. ¿Cómo se llama usted?

La pregunta sale impregnada de angustia de la  boca de Emma.

–Juana Heredia Martín, para servirle. Mira ahí está mi hija Carmela.

Carmela se acerca preocupada, mordiéndose en labio inferior, está empapada, Se parece a Juana en los ojos aunque tiene un rictus serio.

–Hola Carmela, soy Emma, trabajo en esta sucursal y de verdad que no sé cómo ayudaros. Soy abogada y mi trabajo consiste en defender al banco de las denuncias  ¡Ojalá pudiera hacer algo por vosotros pero puedo perder mi trabajo!

Cada día antes de entrar en el banco, Emma habla con Juana, Carmela, Fina, Tere, María, Dolores… las va conociendo a ellas, las cabecillas,  a sus familias y las historias que cada una tiene sobre su espalda. Después se enfrasca en papeles, documentos judiciales, requerimientos… pero sigue viendo las miradas de esas mujeres fuertes y valientes que se turnan para que la protesta no cese, enfrentándose a la policía, a los vecinos bien vestidos y a los mojigatos de misa dominguera, que las miran con desprecio.

Esa noche llega a casa y mientras prepara un tentempié en la cocina, solloza calladamente. Ernesto desconcertado la abraza y Emma le cuenta todo lo que está pasando y los sentimientos de culpa e impotencia que le produce.

–Cuenta conmigo.– Le susurra Ernesto acariciándole el pelo.

Hoy Emma  les ha traído un papelón de churros y habla con María.

–No veo a Juana hoy, ¿Qué le ha pasado?

–Viene más tarde porque  ha tenido que ir al colegio de los nietos a hablar con el director. ¿Qué habrán hecho ahora los “joíosporculos”

–Señora Emma, que como hoy es el cumpleaños de mi nieto, que se venga usted esta tarde a tomar un café ¿puede ser?–  la invitación viene de Juana que se acerca apresurada, mientras María la mira con curiosidad esperando su respuesta.

–¿Cuántos años tiene su nieto?

– Mi Manué tiene 8 años.

–¿A qué hora Juana?

–A las seis, apunte las señas. Barriada Las Margaritas, calle Prado, Bloque 21 A, piso 7 A.

Emma llega a un barrio desconocido, nunca ha estado allí y el viaje apenas ha durado veinte minutos desde su casa. Acude la celebración  acompañada de sus hijos, Carmen lleva envuelto en papel de regalo un chándal y Fernando un balón de futbol para el homenajeado. La reciben con toda cortesía, ella deposita en la mesa una caja con pastas y toma café con Juana, maría  y tres vecinas,  mientras que los niños salen y entran en la pequeña sala jugando con el reluciente balón.

Al despedirse sabe que los niños se lo han pasado bien pues sus hijos le piden quedarse un ratito más pero les recuerda que tienen deberes que terminar. Por el camino la acribillan a preguntas sobre sus nuevos amigos. Emma llega a casa con un sentimiento de frustración y de rabia. No puede imaginarse qué hará la familia de Juana, y las otras familias si los desahucian.

Lo comenta con Ernesto y ambos acuerdan iniciar gestiones con amigos, conocidos y entidades para ayudar a estas familias.

Habla con Pablo, el director del banco, intenta persuadirle para que aplace los desahucios y que se busque una solución para estas familias

–No está de mi mano. Lo siento. Pero, y si...-

Siente la amargura en la voz de Pablo y escucha atentamente las palabras que a continuación le susurra. Ambos saben que el banco será implacable y que los desahucios son inminentes.

Al llegar a casa comenta con Ernesto su conversación con Pablo y después de acostar a los niños se disponen a llevar a cabo su plan. Mientras ella repasa con el índice de la A a la Z los contactos de su móvil, llama a algunos de ellos y envía mensajes, Ernesto teclea la pantalla de la tableta.

Al día siguiente junto a las mujeres que protestan, se ve a un nutrido grupo de artistas muy conocidos;  actores, toreros, jugadores de futbol,  escritores, otras caras conocidas en las revistas y programas rosas.

También se han congregado junto a las familias políticos, sindicalistas, estudiantes universitarios, músicos con sus instrumentos, ancianos…

Se agolpan alrededor de los famosos una docena de cámaras de distintas televisiones y un colorido grupo de micrófonos con el logo de cada radio.

Acercan un micrófono a los personajes de la tele y todos dan igual respuesta; “O se dan soluciones para estas familias o retiramos nuestros fondos de este banco.”

Los transeúntes que pasan también se unen y entre todos cortan el tráfico para que no pasen coches, que hacen sonar sus bocinas. Las sirenas de la policía suenan cada vez más cerca…
La puerta del banco se abre,  Pablo, el director del banco sale al encuentro de los medios y aclarándose la voz anuncia

–Nuestro banco ha tratado en distintas reuniones  este tema y se ha llegado con las administraciones públicas a los acuerdos que a continuación detallo:
Se va a conceder a los inquilinos  dos años de estancia en régimen especial de alquiler de vivienda social.

Se habilitará un fondo solidario para becas y ayudas enfocadas a la educación de los menores de 25 años.

Se impartirá formación en distintas áreas de mantenimiento, jardinería, cocina y otras ocupaciones a los inquilinos.

Se creará una bolsa de trabajo rotatoria para realizar trabajos en las sucursales de nuestra entidad, así como en otros edificios públicos.

Se revisará cada caso y se negociará con cada familia fórmulas que les permita mantener su vivienda.– termina Pablo dando media vuelta con  intención de volver a entrar en el banco.

Todas las personas congregadas se quedan perplejas y después de unos instantes de silencio empiezan a aplaudir. Juana, María, Fina y todas las demás se abrazan emocionadas y dan saltos de alegría por la noticia.

Emma toma de la mano a Ernesto, ambos se miran con complicidad. Una vez que se alejan los micrófonos en dirección a los vecinos, Emma se acerca al director y pone su mano en el hombro, rozando con los labios la mejilla.

–Emma, esto supone mi despedida, ya lo sabes. He dado las instrucciones para que se lleve a cabo todo lo que he expuesto y también está ya toda la documentación firmada por la Presidenta de la Comunidad y más de diez directivos de la entidad. Antes de que te despidan a ti, y seguro que lo harán, les haces llegar las copias a los inquilinos. Ahora podré dedicarme a pescar y llevar al parque a mis nietos,  pero me preocupa vuestro futuro.

–No te preocupes. Tenemos planes y nos vendrá bien a todos un cambio en nuestras vidas.  Ernesto y yo venderemos el piso de la playa y con lo que nos den, montaremos una plataforma on- line  para poner en marcha iniciativas vanguardistas. Estamos muy  ilusionados con este proyecto. –contesta Emma buscando con su mano la de Ernesto.

–Gracias Emma, has logrado que recuerde quien soy.–dice Pablo abrazándola con ternura.

–Tú siempre has mantenido que no hay nada imposible. Gracias por demostrármelo, papá.

Araceli Míguez
Marzo 2014











domingo, 9 de marzo de 2014

Manías

Juan era mirado como un bicho raro por el resto del barrio, y lo sabía. De hecho, contribuía a las habladurías vecinales con alguna que otra manía inventada, como la de saltar en cada charco que se encontrara en su camino sin importar su extensión o profundidad, o levantar el sombrero a modo de saludo cada vez que se cruzaba con alguien, fuera o no conocido. Pequeñas extravagancias que le ayudaban a que su verdadera obsesión pasara desapercibida: las ventanas de su casa.
Juan era un hombre tímido, solitario, al que no se le había conocido nunca pareja estable o pasajera. Ni amigos, ni familia. Tan sólo un perrillo callejero lo acompañaba a veces en sus escasas incursiones al cercano robledal.

Juan está hoy de buen humor. El cielo amenaza lluvia, lo que significa que no tendrá más remedio que volver a limpiar las ventanas en cuanto cese el aguacero.
Las primeras gotas le sorprenden aún en la calle, de regreso de la tienda de telas, donde ha adquirido nuevas muestras para hacer paños. Paños que sequen bien los cristales, sin arañarlos, empañarlos o dejarles marcas.
Disfruta de la lluvia en la cara, en la ropa. Ya se dará un baño para entrar en calor al llegar a casa. Aunque la imagen de la bañera le hace apresurar el paso. Un baño…Sí, será un buen comienzo, unos preliminares perfectos.
Cuando llega al domicilio, el agua cae torrencialmente, aunque algunos claros se vislumbran entre las nubes grises. Escampará pronto. Abre la puerta, suelta las llaves y las bolsas en el recibidor y sube hasta el baño saltando unos escalones sí y otros no.
Se para en seco al entrar en la habitación… “Las prisas no son buenas”, se dice en conversación consigo mismo. “Primero crearé el clima adecuado.”
Vuelve a bajar las escaleras, conteniéndose las ganas del baño. Coloca unos troncos en la chimenea y la prende. Busca entre los cedés, decidiéndose por uno de Barnakústica. Baja las persianas, propiciando una penumbra anaranjada gracias a las lámparas de sal y la chimenea.
Ahora sí, sube al baño. Los acordes étnicos de los instrumentos le han acompañado e inundan el impoluto cuarto. Abre el agua caliente y vierte sales aromáticas. Se va despojando de la ropa lentamente, deleitándose en cada prenda, tirándolas desordenadas unas sobre otras y, ya completamente desnudo, se sumerge en la gran bañera con patas doradas herencia de la abuela Casilda.
Transcurre así un buen rato, demorando el momento. Cuando por fin sale, se enfunda en un albornoz blanco, cálido, y prepara todo lo necesario para limpiar las ventanas. Para limpiar exactamente una ventana: la de su estudio, la de su santuario desde que la también solitaria Eva apareciera en la casa de al lado.
Para esta ocasión elige un paño negro, suave, y un jabón de romero. Al abrir la ventana, el olor a tierra recién mojada penetra en la casa y en él, excitándolo, pues siempre ha imaginado que así olería ella: a tierra mojada, a hierba, a nubes cargadas de agua…
Enjabona el cristal con la mano, despacio, dibujando una silueta de mujer con los dedos. La cabeza, las extremidades, las curvas…y va besándola toda, manchando sus labios de jabón. Comienza a secar el vidrio con el paño negro, lentamente, amorosamente, mientras nota cómo su sexo se abulta bajo el albornoz, abriéndolo un poco.
Repite la misma operación con el otro cristal entre jadeos, cada vez más excitado, dominándose a duras penas, pues aún tiene que limpiarlos por dentro.
Cierra la ventana y se deshace del albornoz. Con una mano llena de jabón empieza a masajear su sexo, mientras con la otra termina de limpiar los cristales por dentro. Les susurra dejándoles los labios marcados, los acaricia dulcemente y los enjabona, para después volver a pasar el paño negro, cada vez más mojado, como él mismo.

Juan llega al clímax pegado a la ventana, marcando sus huellas en ella. Justo cuando cree morir de placer, divisa a través de los empañados cristales a Eva, pegada también a su ventana, desnuda, su cuerpo acariciado por un par de manos masculinas.