lunes, 25 de noviembre de 2013

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Los abrazos de mi hija y sus “te quiero, mama”
Pasear los días de sol en invierno.
Entrever el sol a través de la hojas de los árboles.
El sonido el agua que corre.
Tenderme con los ojos cerrados a escuchar música.
Reír a carcajadas
Emborronar con formas y colores.
La sonrisa de los niños.
Jugar  los días de lluvia alrededor de un brasero.
Imaginarme protagonista de las novelas y cuentos.
Escribir poemas en días negros y violetas.
Ver el arcoíris después de una tormenta.
Las noches de tormenta acurrucada.
Los brazos de mi padre cuando abraza a mi hija.
Los brazos de mi padre cuando me abrazan.
El sonido del viento.
Descubrir sabores, olores, tactos…
Usar las manos para modelar, crear, palpar y acariciar.
Recrearme en la belleza de los detalles.
El café recién hecho.
El sexo, las drogas y el rock.
Recordar los sueños eróticos.
Las palabras que transmiten.
Emocionarme hasta las lágrimas.
Sorprenderme.
Perderme de vez en cuando.
Romper las normas.
Las Hadas, los duendes, los unicornios , las sirenas..
La mezcla de colores, sabores y pieles.
Compartir chuches y chocolates.
El cuerpo, el alma y mis alrededores en armonía.
Las brujas, los monstruos y los seres extraños.
Los juegos de palabras y las rimas.
Los juegos de cama, las batallas y las risas.
Los juegos de magia.

El color del mar, el sonido del mar, el sabor del mar.

martes, 19 de noviembre de 2013

Bandeja de entrada


Fran se había quedado solo en la redacción maldiciendo el encargo de última hora;  un artículo sobre el Día de los Difuntos que según sus premisas, debían habérselo encargado a cualquier becario,  lo que a él le apetecía era cubrir la llegada a la ciudad de las estrellas del futbol.

Delante del ordenador, con la radio de fondo, se dispuso a rellenar el hueco destinado con algo entretenido y pragmático; las ventas de las floristerías, las funerarias que ofrecían como novedad, esparcir las cenizas de los muertos en forma de fuegos artificiales…
Comenzó a escribir mirando al teclado y se fijó en la pantalla al oír el sonido anunciando un mensaje recibido en su bandeja de entrada:  

Enviado el: martes, 31 de octubre de 2013 20:01
Para:
 franredaccion3@eldiario.es 
Asunto: Sálvalos
Y en el cuerpo del mensaje:

Por favor, impide que vengan.

–Otro spam – pensó con fastidio pulsando la tecla para eliminarlo, pero el mensaje, lejos de borrarse se repetía a cada golpe de tecla.

Imaginó al informático conectado por el remoto gastándole una broma acorde con la fecha y el artículo, o quizás fuera un virus…el teclado quedó bloqueado y la pantalla fija con el mismo mensaje repetido una docena de veces.

Marcó el número de recepción y preguntó por el informático; el vigilante le informó que se había marchado hacía rato. Buscó su móvil y marcó mientras su enfado iba en aumento, farfullando que la broma ya duraba demasiado.  
Después del cuarto pitido una voz contesta

– Si, diga.
– ¿Rubén?
– Sí, soy yo.
– Oye, soy Fran. Tío déjate de bromas que tengo que terminar el artículo.
– ¿Pero qué te pasa?
– Que te dejes de coñas,  que quiero irme a casa.
– ¿Algún problema?  Me pillas conduciendo pero cuéntame;  llevo el “manos libres”
– Mi trasto se ha bloqueado. Por favor, vente echando leches.
– ¡No jodas! Me voy de puente para mi pueblo. Estoy terminando unas compras pero  salgo ya,  así que no me fastidies por una chorrada.  Deja las flores atrás, cariño.
– Te pido que  vengas y arregles mi ordenador. Me juego el puesto si no dejo esta noche el trabajo enviado a la jefa. ¿Qué dices de flores? 
– No era  a ti. Fran, voy para allá pero seguro que me vas a hacer ir para apretar un cable.
– No entiendo de cables, así que no tardes.

Al cabo de unos minutos  el informático y una niña de unos cinco o seis  años aparecieron por la oficina.

– Así que comprando flores. ¿Quién es la afortunada? – preguntó Fran a modo de saludo a los recién llegados.
– Son para llevar mañana a la tumba de Rosa, mi mujer, murió hace dos años.

De fondo, la radio daba una noticia sobre un derrumbe en el túnel de salida de la ciudad.

La pequeña se acercó a Fran ofreciéndole una rosa mientras él, atónito, miró la pantalla atendiendo al sonido de un nuevo mensaje del mismo remitente en la bandeja de entrada:

En el Asunto, solo una palabra: GRACIAS.

Araceli Míguez



domingo, 17 de noviembre de 2013

Dos días

Treinta y uno de octubre.
Querido diario:
Se acerca la fecha. Ese pensamiento certero me atenaza, me paraliza. Dos de noviembre. Dos de noviembre.
Todas las personas acuden al cementerio el día uno, el primer día, el festivo, a limpiar las tumbas de sus muertos, a rezarles, a pedirles perdón por no haber ido más a menudo a verles, a ponerles jarrones con flores frescas que durarán dos o tres amaneceres a lo sumo.
¿Por qué mi padre tiene que ir el día dos al caer la tarde? ¿Por qué tengo que ir con él, si ni siquiera llegué a conocerlos?
En dieciséis años, no ha faltado ni una sola vez a su cita con el desierto camposanto. Y, año tras año, una foto. Dieciséis fotos en total. Este año, será la número diecisiete.
Me falta el aire. Dos de noviembre. Quedan dos días. Sólo dos días para que mi sueño vuelva a llenarse de angustia, de reproches, de vívidas imágenes de aquel día que viví pero que no recuerdo conscientemente.
Dos días para que mi abuela se coloque detrás de mí en la foto y me susurre al oído cuánto me odia por no haber muerto. Para que mi abuelo me describa con abominable exactitud con cuánto amor me trasladaban desde el hospital hasta casa, y vuelva a gritarme ¡Desagradecida! con la helada voz de los muertos.
Dos días para que mi madre me toque con su gélida mano y me recuerde que fue culpa mía. Que todos murieron porque vomité y manché la reluciente tapicería y perdieron el control del coche.
Dos días para volver a renovar el contrato que me mantiene en deuda eterna con mi padre, al que dejé viudo y huérfano a la vez, y padre de una hija recién nacida.
Dos días para colgar otro retrato más en el santuario en el que mi padre ha convertido la mitad de mi dormitorio.
Dos días para intentar mantenerme despierta cueste lo que cueste, a ver si esta vez consigo que se queden en la foto y no se cuelen en mi sueño.
Dos días para morir un poco más.

Dos días.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Conjunción (por el final)

Mara está sentada en un banco del bullicioso pasillo de la comisaría sin dejar de llorar con las manos cubriéndose la cara; ahora ya no sabe ni porqué, sólo siente su garganta anudada y una culpa que inunda todo su ser.

¿Cómo ha podido pasar? ¿Qué he hecho?
Siente  entonces una mano que le presiona el hombro y al levantar la cabeza ve a su jefe de pié junto a ella.

¿Cómo te encuentras?
Ahora mejor Pedro. Espero que me traigan a mi hija. Por un momento lo he perdido todo. Estoy de vuelta del infierno. No sé si me perdonaré algún día.
Mara,  te advertí cuando te quedaste embarazada que ser madre soltera iba a ser muy duro.
Te equivocas, tener a Celeste es lo mejor que me ha pasado. No me arrepiento ni un segundo. Y tú ¿Cómo llevas ser un padre ausente?

 Horas antes  en medio de una conjunción de elementos adversos, Pedro y ella habían tenido una tensa conversación telefónica

Perdona Pedro pero me es imposible recogerte; mi hija ha desaparecido, mi madre está inmovilizada… No sé cómo voy a salir de esta.
Mara, deja de inventar excusas y vete inmediatamente para las oficinas de Promociones Turísticas del Sur. Yo llegaré en taxi en veinte minutos.
De verdad Pedro, no puedo. Créeme. Te dejo, viene la ambulancia y la policía.

El médico después de reconocer  su madre le dice que tiene los síntomas de un ictus, pero hay que hacer pruebas.  La policía le pide que los acompañe a la comisaría, siente como si la estuvieran acusando de imprudencia temeraria al dejar a una niña sola en un vehículo y cree ver en la mirada de trabajadora social una amenaza de que puede perder a su hija por su conducta.
Mara se siente ofuscada y confusa, cree que está viviendo una horrible pesadilla, que no puede ser real todo lo que le está pasando.

No puedo derrumbarme ahora, tengo que encontrar a mi hija sea como sea.– Se repite una y otra vez.

Una agente la coge del codo y le dice que se vaya al hospital, que si hay alguna novedad sobre su hija la localizarán de inmediato, pero ella se resiste a abandonar la comisaría. En su interior duda de que se estén movilizando, que a ellos les preocupe encontrar a su pequeña y perdiendo los nervios comienza a gritar mientras las lágrimas le resbalan sin contención.

¿Es que no lo entienden? Es mi hija. Mi única hija. Mi vida entera. Por favor, encuéntrenla. Mi madre está atendida por los médicos pero mi hija estará sola,  asustada, desprotegida...
Mientras ella sigue gritando un policía se acerca a ellas y le comunica que han encontrado a su hija. Está en el aparcamiento donde la grúa deposita a los vehículos que obstaculizan el tráfico y que en breve la llevarán a la comisaría.

Mara se abraza a la mujer policía y le pide que la lleven rápido a ese depósito, pero el agente la tranquiliza diciendo que ya está en camino, y que en veinte minutos tendrá a su hija con ella y la asistente la informa de una llamada del hospital y su madre está respondiendo al tratamiento; está consciente aunque tiene paralizada la parte izquierda del cuerpo.

Todo empezó esa misma mañana en la que Mara salió de casa de prisa, como era habitual en ella; llevaba el bolso en la mano, rebuscaba las llaves, una galleta en la boca a medio masticar, el maletín con los documentos de trabajo sujetado a duras penas entre la barbilla y el hombro y en la otra la pequeña mano de una niña de unos tres años, muy rubia y pizpireta, con una mochila a la espalda.

Mientras se dirigía a su coche aparcado frente a la casa sonó su móvil, descargó todos los bártulos sobre el capó del vehículo para atender la llamada.
Todas las mañanas se juraba que sería más ordenada y que administraría mejor el tiempo, sólo que llegaba tan cansada que se le olvidaba hasta la siguiente mañana.

Si, Marcos, dime.
Tienes que recoger al jefe en el aeropuerto.
No puedo, de verdad que no, tengo que dejar a Celeste en la guardería y me coge en dirección opuesta. Por favor busca otra solución, o…¡que pille un taxi!
Mara, sus órdenes han sido muy claras: que vayas a recogerlo,  desde allí os vais juntos a una reunión con un importante promotor.
No sé cómo me lo voy a montar…Bueno,  ya veré. Voy para allá

Ayudó a la niña a subir y le ajustó el cinturón dándole un beso mientras pensaba si le daría tiempo a llevarla a la guardería o la dejaba con su madre que vivía a dos manzanas.
Optó por llamar a su madre para avisarle que se dirigía hacia su casa, pero no le respondía, 
Estará dormida aún – se dijo sin mucha convicción, pues habitualmente era muy madrugadora.

Puso en marcha el vehículo y aparcó en doble fila, delante de un bloque blanco con las ventanas azules, llamó al timbre pero nadie abría. Usó sus llaves y subió apresurada al segundo piso, obviando el ascensor. Entró llamando  a viva voz a su madre y dirigiéndose al dormitorio la encontró en la cama inmóvil, con los ojos cerrados y hecha un ovillo. La tocó y respiró tranquila, estaba viva pero inmóvil. Nerviosa y angustiada marcó el teléfono de emergencias sanitarias y bajó a buscar a Celeste.

Con horror comprobó que su coche no estaba donde lo había dejado, miró a ambos lados de la calle y enloquecida empezó a correr en una dirección y luego en la otra; le faltaba el aire en los pulmones y lo único que se le ocurrió fue gritar hasta hacerse daño en la garganta

¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Policía!  ¡Por favor ayúdenme!  !Mi hija ha desaparecido!

Araceli Míguez. Noviembre 2013

lunes, 4 de noviembre de 2013

En la cama

    Qué buena noche, ¿verdad? Hacía tiempo que no me reía tanto.
    Sí, ha estado bien. Tenemos que repetirlo más a menudo, que ya casi no hacemos nada juntos.
    Claro, ya organizaremos otra. Por cierto, he olvidado comentarte que ingresé cinco mil euros para la Fundación.
    ¿¿Cómo??
    La Fundación de la que nos hemos hecho socios, ¡pero si rellenaste tú los papeles! ¿Ya no te acuerdas?
    Por supuesto que me acuerdo, Juan, pero dejamos claro que por ahora sólo íbamos a ser socios, que no invertiríamos nada hasta pasados unos meses. Y, además, ¡cinco mil euros!
    Sí, cinco mil euros, lo que hablamos.
    No me líes, no me líes, que eso fue una cantidad que barajamos entre muchas otras, una posibilidad. Posibilidad, Juan, posibilidad. Es que me parece increíble que ni siquiera me hayas consultado. Siempre haces lo mismo. No sé qué pinto yo en esta casa, si aquí se hace siempre tu santa voluntad.
    Ya estamos con lo mismo.
    Lo mismo, sí. Nunca tomas en cuenta mis opiniones, me llevas a tu terreno para conseguir lo que quieres, y cuando me doy cuenta, ya es demasiado tarde. ¡Me enredas, Juan! A veces pienso que estás conmigo sólo por mi nómina. No quisiera pensar así, pero detalles como este me dan la razón. Tú no me quieres, y yo ya no puedo más.
    A ver, cariño. Traquilicémonos. ¿De verdad piensas que no te quiero? Sabes lo que opino sobre la Fundación, y a pesar de ello, he accedido a formar parte de ella, porque sé que para ti es importante.
    Importante no, Juan, vital. No veo otra forma de tener un hijo. En nuestra situación… ya me dirás.
    Por eso, mi amor. Yo preferiría gastar esos cinco mil euros en un vientre de alquiler. Seguro que por ahí hay alguna chica que necesita el dinero más que esos.
    Pero esto es legal. Y lo otro no. La Fundación agilizará todo el trámite. Son poderosos. Y yo quiero un hijo, Juan, quiero un hijo.
    No llores, Pedro. Tendremos nuestro hijo. Y será prefecto. ¿Me perdonas por haber adelantado el dinero sin consultarte? Lo he hecho por ti.
    Sí, claro. Lo siento. Ahora a esperar.
    Durmamos, anda.