jueves, 13 de marzo de 2014

El viaje de Emma

Este invierno había sido especialmente duro para Emma, el trabajo en el banco con todas las denuncias, auditorías, presentaciones de activos, hipotecas, etc. la habían dejado extenuada.
Casi no había tenido tiempo para Ernesto, su marido y sus dos hijos, Carmen y Fernando, pues el trabajo le absorbía la mayor parte del día. Cuando llegaba a casa ya estaban con el pijama puesto y preparados para irse a la cama. Hacía un esfuerzo por contarles un cuento para, al menos, compartir unos minutos con ellos. Antes acostarse,  comentaba con Ernesto los acontecimientos del día, las facturas pendientes, los horarios de dentista, médicos, partidos y actividades varias.

Ernesto y ella más que una pareja, parecían los gestores que sacaban para adelante un hogar y una familia.

Los fines de semana no eran  más tranquilos. Alternando los almuerzos entre sus padres y suegros, llevando a los niños a celebraciones de cumpleaños, partidos de fútbol, al cine, al teatro...

Tenía programada su agenda para que todo encajara, incluso apuntaba las noches en las que ella y su marido tendrían sexo.

Instalada en esta rutina, una mañana Emma comenzó a ver a las puertas de la sucursal a grupos de personas, sobre todo mujeres y niños, que portaban pancartas caseras,  hechas con trozos de papel y telas, pidiendo que no les echaran de sus casas.

Un día tras otro, para entrar en su oficina,  intentaba sortear a la muchedumbre congregada, cada vez más numerosa y las miradas de desesperación de las personas con las que se cruzaba fueron haciendo mella en su ánimo.

El lunes por la mañana llovía, la gente seguía allí, con paraguas, impermeables y rodeados de coches de la policía. Se fijó en una mujer de unos sesenta años, con el pelo oscuro, rostro aceitunado y ojos negros, unos ojos grandes y tristes que agarrándole la manga de su gabardina le imploró:
–Niña, por lo que más quieras, dile a esos señores del banco que no tenemos donde ir. Si yo tuviera para pagar las letras del piso ¿Tú crees que estaría aquí con mi artrosis y mi diabetes?
–Señora, usted con esas enfermedades,  tendría que estar en su casa. Además va a coger un resfriado.

–Tengo que estar aquí, “miarma”, ya no es por mí. Somos siete los que vivimos en el piso que su banco nos quiere quitar: mi hija, su marido, mis tres nietos, mi hijo de veinte años y yo. Ninguno tenemos trabajo, ni sueldo,  malvivimos con lo que vamos sacando de hacer chapuzas.

–¿Y cómo tira para adelante su familia?

– Pues, yo me las apaño como puedo, hago croché y coso algún arreglillo para la calle, peros mis vecinos están igual de tiesos que nosotros y poco encargo hay.  Me ocupo de la casa y de los niños. Cocino para mi casa y para la vecina que está muy malita la mujer y no puede moverse. No sabes lo que estiro yo un pollo;  con unos garbanzos  y unas papas tengo sopa para tres días, y a veces sin pollo ni ná, más que papas, con un manojo de apio  y otro de yerbabuena.  Mi hija limpia escaleras por la mañana y por la tarde cuida a un anciano. Mi hijo y mi yerno están a lo que sale, pero cuando no hay dinero, la gente no lo puede gastar.

–Señora intentaré ayudar en lo que pueda. ¿Cómo se llama usted?

La pregunta sale impregnada de angustia de la  boca de Emma.

–Juana Heredia Martín, para servirle. Mira ahí está mi hija Carmela.

Carmela se acerca preocupada, mordiéndose en labio inferior, está empapada, Se parece a Juana en los ojos aunque tiene un rictus serio.

–Hola Carmela, soy Emma, trabajo en esta sucursal y de verdad que no sé cómo ayudaros. Soy abogada y mi trabajo consiste en defender al banco de las denuncias  ¡Ojalá pudiera hacer algo por vosotros pero puedo perder mi trabajo!

Cada día antes de entrar en el banco, Emma habla con Juana, Carmela, Fina, Tere, María, Dolores… las va conociendo a ellas, las cabecillas,  a sus familias y las historias que cada una tiene sobre su espalda. Después se enfrasca en papeles, documentos judiciales, requerimientos… pero sigue viendo las miradas de esas mujeres fuertes y valientes que se turnan para que la protesta no cese, enfrentándose a la policía, a los vecinos bien vestidos y a los mojigatos de misa dominguera, que las miran con desprecio.

Esa noche llega a casa y mientras prepara un tentempié en la cocina, solloza calladamente. Ernesto desconcertado la abraza y Emma le cuenta todo lo que está pasando y los sentimientos de culpa e impotencia que le produce.

–Cuenta conmigo.– Le susurra Ernesto acariciándole el pelo.

Hoy Emma  les ha traído un papelón de churros y habla con María.

–No veo a Juana hoy, ¿Qué le ha pasado?

–Viene más tarde porque  ha tenido que ir al colegio de los nietos a hablar con el director. ¿Qué habrán hecho ahora los “joíosporculos”

–Señora Emma, que como hoy es el cumpleaños de mi nieto, que se venga usted esta tarde a tomar un café ¿puede ser?–  la invitación viene de Juana que se acerca apresurada, mientras María la mira con curiosidad esperando su respuesta.

–¿Cuántos años tiene su nieto?

– Mi Manué tiene 8 años.

–¿A qué hora Juana?

–A las seis, apunte las señas. Barriada Las Margaritas, calle Prado, Bloque 21 A, piso 7 A.

Emma llega a un barrio desconocido, nunca ha estado allí y el viaje apenas ha durado veinte minutos desde su casa. Acude la celebración  acompañada de sus hijos, Carmen lleva envuelto en papel de regalo un chándal y Fernando un balón de futbol para el homenajeado. La reciben con toda cortesía, ella deposita en la mesa una caja con pastas y toma café con Juana, maría  y tres vecinas,  mientras que los niños salen y entran en la pequeña sala jugando con el reluciente balón.

Al despedirse sabe que los niños se lo han pasado bien pues sus hijos le piden quedarse un ratito más pero les recuerda que tienen deberes que terminar. Por el camino la acribillan a preguntas sobre sus nuevos amigos. Emma llega a casa con un sentimiento de frustración y de rabia. No puede imaginarse qué hará la familia de Juana, y las otras familias si los desahucian.

Lo comenta con Ernesto y ambos acuerdan iniciar gestiones con amigos, conocidos y entidades para ayudar a estas familias.

Habla con Pablo, el director del banco, intenta persuadirle para que aplace los desahucios y que se busque una solución para estas familias

–No está de mi mano. Lo siento. Pero, y si...-

Siente la amargura en la voz de Pablo y escucha atentamente las palabras que a continuación le susurra. Ambos saben que el banco será implacable y que los desahucios son inminentes.

Al llegar a casa comenta con Ernesto su conversación con Pablo y después de acostar a los niños se disponen a llevar a cabo su plan. Mientras ella repasa con el índice de la A a la Z los contactos de su móvil, llama a algunos de ellos y envía mensajes, Ernesto teclea la pantalla de la tableta.

Al día siguiente junto a las mujeres que protestan, se ve a un nutrido grupo de artistas muy conocidos;  actores, toreros, jugadores de futbol,  escritores, otras caras conocidas en las revistas y programas rosas.

También se han congregado junto a las familias políticos, sindicalistas, estudiantes universitarios, músicos con sus instrumentos, ancianos…

Se agolpan alrededor de los famosos una docena de cámaras de distintas televisiones y un colorido grupo de micrófonos con el logo de cada radio.

Acercan un micrófono a los personajes de la tele y todos dan igual respuesta; “O se dan soluciones para estas familias o retiramos nuestros fondos de este banco.”

Los transeúntes que pasan también se unen y entre todos cortan el tráfico para que no pasen coches, que hacen sonar sus bocinas. Las sirenas de la policía suenan cada vez más cerca…
La puerta del banco se abre,  Pablo, el director del banco sale al encuentro de los medios y aclarándose la voz anuncia

–Nuestro banco ha tratado en distintas reuniones  este tema y se ha llegado con las administraciones públicas a los acuerdos que a continuación detallo:
Se va a conceder a los inquilinos  dos años de estancia en régimen especial de alquiler de vivienda social.

Se habilitará un fondo solidario para becas y ayudas enfocadas a la educación de los menores de 25 años.

Se impartirá formación en distintas áreas de mantenimiento, jardinería, cocina y otras ocupaciones a los inquilinos.

Se creará una bolsa de trabajo rotatoria para realizar trabajos en las sucursales de nuestra entidad, así como en otros edificios públicos.

Se revisará cada caso y se negociará con cada familia fórmulas que les permita mantener su vivienda.– termina Pablo dando media vuelta con  intención de volver a entrar en el banco.

Todas las personas congregadas se quedan perplejas y después de unos instantes de silencio empiezan a aplaudir. Juana, María, Fina y todas las demás se abrazan emocionadas y dan saltos de alegría por la noticia.

Emma toma de la mano a Ernesto, ambos se miran con complicidad. Una vez que se alejan los micrófonos en dirección a los vecinos, Emma se acerca al director y pone su mano en el hombro, rozando con los labios la mejilla.

–Emma, esto supone mi despedida, ya lo sabes. He dado las instrucciones para que se lleve a cabo todo lo que he expuesto y también está ya toda la documentación firmada por la Presidenta de la Comunidad y más de diez directivos de la entidad. Antes de que te despidan a ti, y seguro que lo harán, les haces llegar las copias a los inquilinos. Ahora podré dedicarme a pescar y llevar al parque a mis nietos,  pero me preocupa vuestro futuro.

–No te preocupes. Tenemos planes y nos vendrá bien a todos un cambio en nuestras vidas.  Ernesto y yo venderemos el piso de la playa y con lo que nos den, montaremos una plataforma on- line  para poner en marcha iniciativas vanguardistas. Estamos muy  ilusionados con este proyecto. –contesta Emma buscando con su mano la de Ernesto.

–Gracias Emma, has logrado que recuerde quien soy.–dice Pablo abrazándola con ternura.

–Tú siempre has mantenido que no hay nada imposible. Gracias por demostrármelo, papá.

Araceli Míguez
Marzo 2014











domingo, 9 de marzo de 2014

Manías

Juan era mirado como un bicho raro por el resto del barrio, y lo sabía. De hecho, contribuía a las habladurías vecinales con alguna que otra manía inventada, como la de saltar en cada charco que se encontrara en su camino sin importar su extensión o profundidad, o levantar el sombrero a modo de saludo cada vez que se cruzaba con alguien, fuera o no conocido. Pequeñas extravagancias que le ayudaban a que su verdadera obsesión pasara desapercibida: las ventanas de su casa.
Juan era un hombre tímido, solitario, al que no se le había conocido nunca pareja estable o pasajera. Ni amigos, ni familia. Tan sólo un perrillo callejero lo acompañaba a veces en sus escasas incursiones al cercano robledal.

Juan está hoy de buen humor. El cielo amenaza lluvia, lo que significa que no tendrá más remedio que volver a limpiar las ventanas en cuanto cese el aguacero.
Las primeras gotas le sorprenden aún en la calle, de regreso de la tienda de telas, donde ha adquirido nuevas muestras para hacer paños. Paños que sequen bien los cristales, sin arañarlos, empañarlos o dejarles marcas.
Disfruta de la lluvia en la cara, en la ropa. Ya se dará un baño para entrar en calor al llegar a casa. Aunque la imagen de la bañera le hace apresurar el paso. Un baño…Sí, será un buen comienzo, unos preliminares perfectos.
Cuando llega al domicilio, el agua cae torrencialmente, aunque algunos claros se vislumbran entre las nubes grises. Escampará pronto. Abre la puerta, suelta las llaves y las bolsas en el recibidor y sube hasta el baño saltando unos escalones sí y otros no.
Se para en seco al entrar en la habitación… “Las prisas no son buenas”, se dice en conversación consigo mismo. “Primero crearé el clima adecuado.”
Vuelve a bajar las escaleras, conteniéndose las ganas del baño. Coloca unos troncos en la chimenea y la prende. Busca entre los cedés, decidiéndose por uno de Barnakústica. Baja las persianas, propiciando una penumbra anaranjada gracias a las lámparas de sal y la chimenea.
Ahora sí, sube al baño. Los acordes étnicos de los instrumentos le han acompañado e inundan el impoluto cuarto. Abre el agua caliente y vierte sales aromáticas. Se va despojando de la ropa lentamente, deleitándose en cada prenda, tirándolas desordenadas unas sobre otras y, ya completamente desnudo, se sumerge en la gran bañera con patas doradas herencia de la abuela Casilda.
Transcurre así un buen rato, demorando el momento. Cuando por fin sale, se enfunda en un albornoz blanco, cálido, y prepara todo lo necesario para limpiar las ventanas. Para limpiar exactamente una ventana: la de su estudio, la de su santuario desde que la también solitaria Eva apareciera en la casa de al lado.
Para esta ocasión elige un paño negro, suave, y un jabón de romero. Al abrir la ventana, el olor a tierra recién mojada penetra en la casa y en él, excitándolo, pues siempre ha imaginado que así olería ella: a tierra mojada, a hierba, a nubes cargadas de agua…
Enjabona el cristal con la mano, despacio, dibujando una silueta de mujer con los dedos. La cabeza, las extremidades, las curvas…y va besándola toda, manchando sus labios de jabón. Comienza a secar el vidrio con el paño negro, lentamente, amorosamente, mientras nota cómo su sexo se abulta bajo el albornoz, abriéndolo un poco.
Repite la misma operación con el otro cristal entre jadeos, cada vez más excitado, dominándose a duras penas, pues aún tiene que limpiarlos por dentro.
Cierra la ventana y se deshace del albornoz. Con una mano llena de jabón empieza a masajear su sexo, mientras con la otra termina de limpiar los cristales por dentro. Les susurra dejándoles los labios marcados, los acaricia dulcemente y los enjabona, para después volver a pasar el paño negro, cada vez más mojado, como él mismo.

Juan llega al clímax pegado a la ventana, marcando sus huellas en ella. Justo cuando cree morir de placer, divisa a través de los empañados cristales a Eva, pegada también a su ventana, desnuda, su cuerpo acariciado por un par de manos masculinas. 



miércoles, 12 de febrero de 2014

Huelga en vísperas de un puente

No había nada que hacer; la única cosa era resignarse a pasar la noche en la sala de espera de la estación. Había planeado un largo y placentero  fin de semana que se desmoronaba ante mí de forma irremediable.

Era jueves por la noche y el viernes festivo. Bajé la persiana metálica de la librería antes de la hora habitual de cierre y corrí a casa a recoger la maleta. El tren salía a las diez de la noche y no era tanta la distancia que teníamos que recorrer,  como el tráfico que nos encontraríamos.

No había tenido tiempo de tomar ni un bocado.Agradecí que mi hija, además de llevarme en coche,  metiera en mi bolso unas barritas de frutos secos y unas galletas.

Al llegar casi sin aliento me encuentro con mis planes chafados y sin saber cuándo saldría el próximo tren a Madrid a causa de una huelga ferroviaria.

Ya en la estación, con la maleta a cuesta y el fastidio instalado en el ánimo me apropio de una mesa en la cafetería que sirva para descansar mientras me tomo un café. Saco el libro electrónico del bolso y busco alguna lectura con la que entretenerme, mientras espero que nos comuniquen la hora del próximo tren, confiando en que no tarden mucho y pueda aprovechar algo del este fin de semana largo, que con tanta ilusión había planeado con mi amiga Almudena.

La cafetería se va llenando de pasajeros con cara de fastidio que van ocupando los distintos asientos hasta que no queda ninguna mesa libre.

Intento enfrascarme en el último libro de la franco-marroquí  Saphia Azzeddine, Mi padre es la señora de la limpieza, cuando alguien me interrumpe

 –Perdone, ¿Puedo sentarme en esta silla? Es la única que queda libre, si no le importa…

Me incomoda la situación, pero lo cierto es que todos estamos en fase de espera y la cafetería está llena, por lo que le contesto afirmativamente con un movimiento de cabeza.

Sigo leyendo y sorbiendo el café, mientras capto la imagen del hombre que tengo en frente. Lleva vaqueros y camiseta celeste, y al tiempo que se sienta se quita una cazadora de piel marrón. Sobrepasa la treintena, rostro aniñado y pelo castaño muy cuidado que cae sobre sus ojos, dando un aspecto rebelde a unas facciones algo cuadradas.

Una vez acomodado, pone sobre la mesa una tableta, donde empieza a deslizar su índice de un lado a otro y de arriba abajo, centrando en el artilugio toda su atención. Ha pedido una botella de agua al camarero y deja unas monedas en la mesa cuando le traen la nota.

Me relajo y vuelvo a retomar a Polo, el adolescente y malhumorado protagonista de mi libro y así transcurre un tiempo. Un movimiento inesperado hace que se tambalee la botella que mi acompañante ha pedido, derramando un poco de agua sobre la mesa. Él, con un movimiento rápido la agarra para que no caiga y me pide disculpas por el pequeño accidente.

–Perdón, ¿Se ha mojado? Tenga una servilleta. Lo siento mucho.
–No ha sido nada, no se preocupe– le digo con una forzada sonrisa.
–Por favor, no me hable de usted; me llamo Yago– me dice tendiéndome la mano.
–Soy Martina.– contesto, estrechando con suavidad la mano tendida. 

Iniciamos una conversación sobre la huelga de trenes, el tiempo, los planes chafados… mientras hemos quitamos las cosas de la mesa y él haciendo acopio de servilletas de papel seca el agua.

–Soy de Santiago y estoy ultimando mi especialidad de odontología maxilofacial. Terminé hace  unos años la carrera pero al no encontrar nada allí decidí seguir estudiando. Me viene a esta ciudad porque la conocía. Desde pequeño he venido de vacaciones a la finca de unos familiares en El Puerto. Me encanta el sol, tomar cañas en las terrazas en pleno invierno y ver este cielo azul más de la mitad del año; cosa difícil en mi tierra. Voy a ver a mi familia aprovechando este puente del Día de Andalucía.

–Eso siempre viene bien. Volver al hogar, los mimos de nuestra madre, las juergas con los amigos… Tu ciudad es preciosa y universalmente conocida gracias a la leyenda de vuestro mítico apóstol. No te ofendas, pero yo creo que todo es puro cuento, pero os lo habéis montado genial para atraer al turismo peregrino. Aunque las veces que he ido, el servicio de hostelería deja mucho que desear.– le comento con gesto de entendida en la materia.

–Tienes razón. Me he informado y quieren hacernos creer cuentos que no tienen nada que ver con la realidad. El camino se cree que tiene un sentido de viaje interior. Antes se cruzaba de punta a punta la Península y el camino llegaba hasta Finisterre. También se cuenta que el tiene que ver con el Juego de la Oca, símbolo del dios egipcio Geb, que representa la tierra, la sabiduría de lo femenino y la espiritualidad…, Se ha escrito que la espiral del juego esconde claves cabalísticas y de los caballeros templarios…, ¡Cómo me enrollo!.  La brasa que te estoy dando…Y es cierto que para la cantidad de turistas y peregrinos que hay siempre, el servicio no es tan ágil y eficiente como aquí. ¡Pero mujer, por lo que más quieras, no hables mal de mi ciudad que de algo hay que vivir y mientras sigan viniendo peregrinos, los compostelanos podremos ir tirando!. –

El acento gallego al hablar de su tierra se acentúa y da un ritmo cadencioso a sus palabras.

–Hay otros motivos que me impulsaron a dejar la ciudad– dice cambiando de tono

Noté su silencio como una petición a que le mostrara algún interés por saber de su vida, así que claudiqué

–¿Y se pueden saber esos motivos?– Pregunté intentando que no se notara  mi curiosidad.

–Rompí con Tensi, mi novia, después de cinco años juntos y me dejó muy tocado. No quería cruzarme con ella, ni encontrármela por la calle. Eso era difícil teniendo el mismo círculo de amigos que frecuenta los mismos lugares. Santiago es una ciudad pequeña y todos los colegas nos movemos por la misma zona de vinos. Me engañó con Jorge, mi amigo y compañero de Facultad, con el que muchas noches estudiaba los exámenes y del que jamás me lo hubiera esperado,  Los estaban enamorados desde hacía tiempo y decidieron decírmelo antes de tener el más mínimo roce. Eso dicen. Esperaban que lo comprendiera y que valorara su lealtad. ¡Cabrones! Hubiera preferido enterarme de otra manera, quizás para tener motivos de darle un puñetazo y romperle la cara a Jorge,  pero en ese plan... ¿Qué haces? Yo asumí los cuernos, la traición y el dolor por parte doble y eché a correr.

–Pero no te engañaron. Al menos te lo dijeron, creo que fueron honestos– replico.

–¡No me digas que encima les voy a tener que dar las gracias!, ¡O carallo! – exclama sarcático. 

–Y entonces te viniste huyendo de las miradas y cotilleos. No pudiste afrontar que tu novia te hubiera dejado. !Que vengüenza –Le reprendo con una mueca dramática.

–No era para menos. Decidí largarme y empezar de nuevo, conocer a otra gente aunque he cambiado mucho desde entonces. Ahora trabajo tres días a la semana en una cínica dental privada que me paga mal y toco el saxo los fines de semana en el Black-Jazz, no sé si lo conoces pero te invito a que vengas un viernes o sábado por la noche y me dejes destrozarte los tímpanos– concluyó sonriendo y bebiendo un sorbo de agua.

–Ahora ilústrame sobre ti.– Me espetó mirándome a los ojos, cruzando los brazos, inclinándose hacia mi y ocupando la mitad de la mesa.

–No sé qué contarte. Me queda poco para el medio siglo. Tengo una pequeña librería con  algo de papelería que llevamos entre mi hija y yo. Ella ha terminado la carrera, aunque siempre está liada haciendo cursos, ún máster, prácticas y voluntariados varios. Hace siete años que estoy divorciada y me propongo pasar el fin de semana en Madrid. Me gusta ver las novedades editoriales, hablar con mi amiga Almudena, a la que veo muy poco y con la que compartí piso durante dos años y disfrutar de la capital. Recorro calles y plazas que me recuerdan mi juventud malasañera o las noches espitosas de los bajos de Orense, esta etapa con algunos años más. Todavía Almudena y yo seguimos frecuentando algunos garitos que siguen abiertos después de treinta años. Acabo de enviarle un whatsapp para decirle que hay huelga de trenes y que la avisaré cuando sepa algo.

–De Malasaña, pasando por la marcha de Orense a una librería en Cádiz ¡Vaya salto! ¡Creo que te has dejado mucha información en el camino!–exclama divertido, haciendo un recorrido con la mano de una punta a otra de la mesa.

– Es información confidencial– replico a modo de parapeto.

–Ya que te mueves entre libros y como me gusta leer, aunque reconozco que el género policiaco es el que más me tira. ¿Qué me recomiendas que sea bueno?

– Creo que podría gustarte las novelas policiacas de Petros Márkaris perteneciente a su Trilogía de la crisis y su protagonista, el Comisario Kosta Jaritos. El último que leí fue “Con el agua al cuello”, y me encantó. Además de la escabrosa trama, ofrece un fiel retrato de la decrépita sociedad griega actual. Es un avance de lo que ya estamos viviendo en España.

– Si lo tienes en tu librería ya tienes un nuevo cliente, me tienes que decir dónde está, así me paso y me vas poniendo al día en este género.

La conversación discurre en ese rincón, ahora sobre literatura, con un bullicio alrededor que casi nos obliga a acercar nuestras cabezas para oírnos, posición que Yago aprovecha para retirar el pelo de mis ojos, deteniendo sus dedos en mi mejilla, en una clara señal de seducción.

Yo me echo hacia atrás con un movimiento impulsivo, intentando evitar que me toque y azorada fijo mi vista en el libro electrónico.

Seguimos en silencio durante un buen rato, yo con un pellizco en el estómago y él mirando a los tableros de llegadas y salidas que se ven a través de los cristales.

–¿A qué hora crees que saldrá el próximo tren? ¿Lo han dicho?–pregunta Yago con gesto impaciente.

–No, pero creo que si nos tienen aquí más tiempo sin darnos una solución voy a anular mi viaje. Estoy entumecida de estar tanto tiempo sentada.

Yago propone que ponga mis piernas sobre sus rodillas para masajear las pantorrillas y aliviar el hormigueo. Me niego y lo acuso de loco y atrevido. El insiste y busca con sus manos debajo de la mesa hasta colocarlas como había indicado, iniciando un masaje suave con los nudillos desde los tobillos hasta las corvas.

–Oye, déjate de tonterías que podrías ser mi hijo. ¿Cuántos años tienes?– le pregunto intentando parecer enfadada, aunque en realidad, me siento divertida y asombrada con mi atrevida postura, mientras siento sus manos presionando mis piernas.

–¿Importa mucho la edad? ¿Es que no tenemos bastante con la vida que nos roban a diario? ¿No crees que merecemos algo más que insatisfacción,  frustración e imposición? ¿Es que podemos elegir nuestra vida? ¿Acaso no nos putean y nos reprimen ya bastante como para hacerlo nosotros mismos?. Ahora estamos aquí, no sabemos qué pasará dentro de una hora. Aprovechemos la casualidad, el momento, la atracción que sentimos… Esta energía casi eléctrica que hemos desatado nos está diciendo que conectemos.

Con la boca abierta, como pillada en un renuncio, lo miro asombrada. –¡No te cortas un pelo, guapo!. ¡Vaya entrada!, ¡Pero si no hace ni dos horas que nos conocemos!–

Le digo que voy a salir al andén a estirar las piernas, quiere acompañarme pero le pido que se quede en la mesa y aclaro que prefiero ir sola.

Paseo por la estación y los alrededores. He dejado la maleta en la cafetería. Me pregunto porqué no la he traído conmigo, así podría salir corriendo sin dar explicaciones. Se me pasa por la cabeza  que cuando regrese no va a estar ni Yago, ni mi maleta. No sé que me fastidia más, si parecer presa fácil para un embaucador, o tener tantas reticencia a lanzarme a vivir lo que se me ofrece.

Sigo en mis cavilaciones cuando veo a Yago con su bolsa al hombro y arrastrando mi maleta dirigirse a mi mientras por el altavoz se anuncia que el próximo tren a Madrid tiene su salida en dos horas.

Nos sentamos en un banco de la sala de espera.

–¡Serán las cinco de la mañana cuando salga el tren!.–Exclamo horrorizada, con el cuerpo dolorido y no sabiendo que postura poner.

–¿Ves? Lo que te decía; Ahora estamos en la estación, dentro de unos momentos en el tren y en unas horas cada uno en su destino. Y habremos perdido la oportunidad que nos ha brindado este encuentro de conocernos un poco más y disfrutar juntos. Hemos comprobado que también nuestros cuerpos se han comunicado en su singular lenguaje. ¿Vamos a dejar que pase este tren? Me dice meloso cogiendo mi mano y mirándome a los ojos con cara de niño bueno, al más puro estilo Brat Pitt.

–¡Peculiar modo de ligar el tuyo!.  ¿Tienes complejo de Edipo o algo parecido?  No sé si piensas que estoy muy desesperada o el desesperado eres tú. En cualquier caso vas de niñato descarado.

–Mira Martina, somos adultos, tenemos un tiempo precioso por delante y estamos vivos. Te propongo que viajemos hasta Madrid compartiendo asientos y en el trayecto decides si quieres que pasemos el fin de semana juntos. Si decides que no, yo sigo mi camino hasta Santiago.

Siento que el suelo da vueltas, mis esquemas están haciéndose añicos y lo que al principio me parecía una idea absurda y descabellada, empieza a ser atractiva y excitante.

Yago al verme dudar me besa y pone el brazo sobre mi hombro. Mis dudas se disipan. No necesito llegar hasta Madrid para decidirme.
Carpe diem.




Araceli Míguez
Febrero 2014


domingo, 9 de febrero de 2014

El diván



Ramón no veía la hora de ir a su analista para poderse desahogar, pero cuando entró al estudio la encontró llorando. Para disimular su embarazo le preguntó:

- ¿Desea una sesión?

- ... - dijo ella, y se tendió en el diván.

Ramón, imitando lo que tantas veces había visto hacer a la terapeuta, acercó la mullida silla al diván y se situó junto a él. Casi automáticamente tomó el bloc de notas y el bolígrafo plateado de la mesa auxiliar, buscó una página en blanco y escribió “Sra. Morel, 5 de febrero de 2014”. A continuación cruzó las piernas, adoptó pose de escucha desafectada y la Sra. Morel comenzó con su liberación:

- Su madre se ha venido a vivir con nosotros...

- ...

- Y he confirmado lo que pensaba, que además de los complejos de Aristóteles, Aquiles y Alejandro, sufre también complejo de Edipo.

- Ujum - dijo Ramón, sin tener ni idea de qué significaba todo eso.

- Toda mi vida es un desastre. Mi anterior pareja me abandonó porque no me aguantaba y tras marcharse descubrió su homosexualidad. Creo que mi actual marido continúa conmigo para recibir terapia gratuita. Doy consejos a mis pacientes que a mí no me funcionan, que no soy capaz de aplicar, mis hijos me toman por el pito del sereno, el estrés me devora, hace seis meses que no pruebo una rosca...

La Sra. Morel, terapeuta medianamente conocida y respetable dama de clase media-alta del barrio de San Jacinto, comenzó a llorar. Ramón, sorprendido, permaneció impasible manteniendo su postura y compostura y miró a su hoy cliente como lo hubiera hecho una vaca asturiana, entre estúpido y enigmático.

- No sé si esta es mi vocación, apenas hay nadie sano a mi alrededor, mi padre acabó en un sanatorio y mi madre murió de una indigestión después de tragarse un cuarto de kilo de tranquilizantes. Mis hijos encuentran gran placer en descuartizar los insectos más variados, dos de mis mejores amigos viven enganchados a las drogas, mi hermano se fugó de casa a los diecisiete años y se dedica a susurrar a los caballos, mi marido parece un diccionario de complejos grecolatinos andante, no recuerdo cuál es el último paciente que sané y los que permanecen conmigo lo hacen más por costumbre o por pena de porque les aporto algo.

Ramón empezaba a sentirse bien. Escuchar los problemas de otra persona hacía los suyos más livianos, se sentía parte de una Gran Hermandad de Acomplejados -y Acomplejadas- que seguro se extendía por todos los rincones del planeta. Y por fin encontraba una aplicación a la frialdad que le achacaban sus queridos y conocidos. Escuchaba a la Sra. Morel sin que le afectara su desastrosa vida.

Ella siguió llorando un buen rato. Poco a poco se fue calmando. Volvió la mirada hacia Ramón:

- Oiga, ¿sabe que quizás sirva usted para esto? Yo acabo involucrándome demasiado e interrumpo a mis pacientes continuamente. Pero qué le voy a contar a usted si lo vive en sus propias carnes.

Todos los intentos de convivencia de Ramón con el sexo opuesto habían fracasado por falta de expresividad. Y ahora resultaba que ese silencio sepulcral no sólo era una ventaja a la hora de compartir piso con otro hombre, sino que también lo era como terapeuta inesperado.

- Ummm... Sra. Morel... es la hora...

- Oh, vaya, se me ha pasado el tiempo volando. ¿La semana que viene a la misma hora?

Ramón asintió, descruzó las piernas, dejó el bloc intacto y el bolígrafo sobre la mesa, se levantó, cogió los setenta euros que le tendía la Sra. Morel y salió a la calle mucho más satisfecho y tranquilo de lo habitual.



Jesús Gelo Cotán
febrero de 2014

sábado, 1 de febrero de 2014

Elimina el NO y contarás mejor

Buceando por la Red he encontrado este vídeo, que me ha recordado al instante a nuestra "funcionaria de nacimiento y sin imaginación", Carmen Soria. A ella va dedicado principalmente, pero creo que nos lo podemos aplicar todas y todos.