viernes, 13 de junio de 2014

Cuerpos

El sol entra por la ventana y cae justamente en mis ojos, que se contraen con fuerza, hasta casi convertir los dos párpados en uno solo. Pero no funciona, así que me doy la vuelta en la cama.
Nada. Sigue habiendo mucha luz en el dormitorio. Creo que se me acabó el sueño por hoy. Menudo dolor de cabeza. No vuelvo a fumar. ¿Cómo se me ocurriría, con la de años que hacía que no probaba un cigarro? Me pudo el nerviosismo, y ese olor que desprende el Chesterfield, que me subyuga, uf. En cualquier caso este dolor de cabeza es desproporcionado.
Mejor será que me dé una ducha, a ver si me despejo un poco. Y luego, café. Café en vena. ¿Café en vena? ¿Ein? ¿Desde cuándo he necesitado yo café para despabilarme? En fin. A la ducha.
Qué dormidísimo está Víctor. Qué envidia me da esa forma de dormir. No se entera de nada. ¿Y los niños? Esos sí que duermen como quieren. De cualquier postura, profundamente, sin nada que les nuble el pensamiento ni les dé dolor de cabeza tan temprano. Mis niños. Ay.
No lo digo más. ¡¡A la ducha ya!!

Hay que ver lo estrecho que se me ha quedado el pijama. Jolines. No me había dado cuenta de lo incómoda que estoy con él. Y con lo que me gusta dormir sin ropa, ni sé por qué me lo puse anoche.
Pis. ¿Por qué llevo una tobillera? Es bonita. ¿¿Por qué llevo una tobillera??
La ducha no ha terminado de quitarme el embotamiento que arrastro esta mañana. Probaré con el café. Vayamos por orden, primero peinarme, que como se me enrede el pelo después no hay quien lo ponga en su sitio, con lo rebelde que es.

El espejo se ha empañado con el vapor de agua. Vaya. Haré un redondelillo para verme la car… ¡Ay, madre! ¿Quién es esa? ¿Es Araceli? ¡Es Araceli! ¡Soy Araceli!
¿Seguro que lo que fumé anoche fue Chester? ¡A ver si me dieron otra cosa y estoy alucinando!

Me vestiré lo más pronto posible e intentaré salir sin que me vea Víctor. Aquí pasa algo raro y no sé cómo respondería a las preguntas que podría hacerme si me viera.

Me tomaré el café por ahí. Necesito pensar con calma.
Soy Araceli. Bien. Supongo que ella será yo. La llamaré, a ver si sabe algo de todo esto.

    Hola Araceli, buenos días… Una pregunta ¿Cómo estás? ¿te has levantado bien?
    Hola. ¿Yo? Estooo, sí. Me he levantado perfectamente. Mira, tengo a Teresa por el teléfono fijo esperando, te llamo en otro momento.
    Noo, espera un segundo, no cuelgues. Ha pasado algo…
    Rosa, de verdad, estoy en medio de un lío mu gordo, ya hablamos.
    ¡Araceli! Que soy tú. Vamos, que me he despertado con tu cuerpo como pijama.
    ¡Ay! ¿Tú lo tienes? Menos mal. Pensaba que lo tenía Teresa y ella no sabe nada.
    ¿Teresa? ¿Por qué?
    Porque yo me he levantado siendo ella.
    Ooooh. ¿Entonces tú no eres yo? Ayy ¿Quién tendrá mi cuerpo? No lo tendrá ella por casualidad, ¿no?
    ¡Qué va! Ella tiene el de Ángela.
    ¡¿Pero qué es todo esto?! Araceli, no vuelvo a ir contigo a ninguna fiesta étnica de esas, paso. Ahora voy para tu casa.
    Nooo. A mi casa no. Quedamos en el bar del Hotel Vereda Real.
    Vale.

Uuuuf. Esto es muuuuy raro. Rarísimo.

Jesús me llama. A ver qué quiere.

    Hola Jesús.
    Hola Rosa, tengo que contart…
    ¡Ay! ¡Esa es mi voz! ¿Lo tienes tú? ¿Eres yo?
    Síí ¿qué ha pasado? Tú no tienes voz de hombre. ¿Quién tendrá mi cuerpo?
    No, yo soy Araceli. Hemos quedado luego en el Vereda Real. Ella es Teresa.
    Joder. Ya te dije yo que esa fiesta era un poco rara.
    Ya, ya. No vuelvo a hacerle caso. Ni recaudar dinero para el Ateneo ni porras. Luego nos vemos. Un beso.
    Jajaja. Te estás mandando un beso a ti misma.
    ¿Ni en esta situación puedes dejar de picarme? ¡Qué hombre!
    Vale, vale. Un poco de humor…Un beso.

Mmmm. Qué rico está este café. Pero con un cigarrito estaría más bueno.
    ¿Perdone? ¿Me daría un cigarrillo y fuego? ¡Gracias!

Un cigarro. Vas a fumarte un cigarro, Rosita. OTRO cigarro.
Ya. ¿Qué más da? Creo que hoy me lo puedo permitir, joder. Tengo un problemilla más serio que un posible enganche con el tabaco.
Pues sí que es mona la tobillera.

Voy a acercarme a la tienda de abalorios que abrió hace poco en Triana. Tengo ganas de hacerme un colgante y unos pendientes a juego con ella.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Agua

¿Qué me ha despertado? El frío, sin duda.
Tanteo en la oscuridad buscando la manta que siempre tenemos sobre el sofá, para taparme. La localizo, la estiro y la echo sobre mi cuerpo helado. Si lo hago con los ojos cerrados no me despertaré del todo; con bastante probabilidad mi mente se alejará apenas un par de pasos del mundo de los sueños y podrá regresar a él sin problemas.
Me arrebujo bajo la manta y aprieto con fuerza los párpados. Ya no puedo subir a mi dormitorio, me desvelaría sin remedio.
Doy otra vuelta en estrecho sofá. El martilleante sonido del agua sobre el tejadillo me está angustiando, igual que el incesante viento.
Me siento un poco mareada, parece como si la habitación se moviese…No, no es un mareo, ¡la habitación se mueve! Debo estar soñando. Sí, eso debe ser: un sueño.
El viento aúlla a la lluvia. Uf. Será mejor que encienda la luz y me tranquilice un poco.

Un escalofrío paralizante recorre a Marisa al incorporarse: el agua ha entrado en casa. Sus pies se han sumergido en ella al levantarse del flotante sofá.
Lágrimas corren por sus mejillas hasta caer a ese lago casero y confundirse con él.
La luz no funciona. La oscuridad es densa. A tientas, chocándose con los muebles que navegan sin rumbo por el salón, busca la ventana. Sube la persiana y, cuando sus ojos se acostumbran al negro, observa los coches calle abajo, en rápida huída sin dueño. Hay caos en la calle. Ahora, totalmente despierta ya, es consciente de la situación.
El agua está trepando por sus piernas. Ya la nota en los muslos. Subir, esa es la única alternativa. Corre escaleras arriba, abre un armario y se cambia la ropa mojada por una seca. Busca prendas cálidas, y recordando súbitamente el paradero de los chubasqueros que llevaba meses sin encontrar, va a por ellos y se los pone también.
No sabe cuánto tiempo ha debido pasar desde que se despertó, cree que no ha pasado tanto como para volver a sentir el agua en sus pies. ¿Quince minutos? ¿Veinte? Calza unas botas de montaña impermeables sobre varios pares de calcetines y sube a la buhardilla, intentando dominar el miedo, el pánico que desde pequeña le impidió disfrutar en playas y piscinas.
Desde la buhardilla podrá salir a la azotea y subirse al tejado si fuera preciso, como tantas veces ha visto en las noticias acerca de catástrofes naturales.
Se sienta en un sofá y vuelve a notar la humedad. Se dirige hacia la puerta de la azotea, corriendo. Está cerrada con llave. Debió olvidar abrirla a la vuelta de su último viaje.
Se sube al escritorio, que ya empieza a navegar, y espera. Jamás pensó morir así.

Imagina las dos plantas de su casa flotando, vencidas, sumergidas, ahogadas, y llora. El agua helada sube y sube por su cuerpo, hasta que sus lágrimas ya no tienen que resbalar para confundirse con ella…

viernes, 16 de mayo de 2014

El fin. El principio

Cuando una una sale con un uno, llega un momento en el que, de repente, sin venir a qué, empieza a caérsele la baba al ver a hombres paseando bebés en sus carritos, hombres con bebés en brazos, hombres columpiando a niños en el parque. A partir de ese instante, la una comienza a ver al uno como el protagonista de esas estampas, y se enternece. Todo le parece idílico: un padre con un hijo, el de ella, el de la una, en feliz armonía y sintonía familiar. En esa idea ideal, el embarazo aparece como un estado de gracia, en el que la una flota, es feliz, come por dos, engorda pero está guapa, y se le permite y excusa todo porque, al fin y al cabo, son las hormonas las que hablan y actúan por la una. No es ella misma. No es la una, es la otra.
Y toman la decisión. Y el predictor se torna doblemente rosa mucho antes de lo previsto. Qué eficacia, qué rapidez. Pues nada, en marcha. Los unos van a ser papás si todo sale bien.
Uf. Qué sueño. La una se duerme por todas partes. Le falta resuello al subir tres escalones, y se hace pipí cada dos horas aproximadamente, las mismas que aguanta sin comer, y piensa: “Si ya estoy así y ni siquiera tengo barriga, ¿cómo estaré cuando pasen unos meses?” Y no la dejan coger peso porque está embarazada, ni que retire los platos porque está embarazada, ni enterarse de malas noticias porque está embarazada, ni respirar, porque está embarazada. Y no puede comer jamón porque está embarazada, y debe lavar bien la lechuga, y no tocar a los gatos, ni la tierra, y no comer quesos blancos, que son los que le gustan…porque está embarazada. Y no tomar café, ni té ni cocacola… Y lo de comer por dos… ¿quién ha dicho eso? Dieta equilibrada. Comer lo mismo pero cada menos tiempo. Y encima diabetes. Así que a todo lo anterior añade los dulces, o mejor dicho, quítale los dulces y añade leche destanada y natillas de chocolate sin azúcar. Ay. Qué hambre pasa la una. Y la líbido, por los suelos. Ay. Qué hambre pasa el uno.
La una, que no es muy amiga de ir a revisiones médicas, tiene una cada quince días. Y, al menos, ve cómo en su interior crece algo. Algo en blanco y negro, cabezón, con las extremidades preocupantemente cortas, y con un corazón que late unas tres veces más rápido que el de la una. Y la una se emociona cuando ve esa especie de radiografía, y también se asusta, porque el niño parece excesivamente cabezón y taquicárdico, pero no se atreve a expresar sus miedos porque, según el ginecólogo, todo va estupendamente. Y se marcha a casa obsesionada con lo que ha visto, y busca en Internet las malas noticias que el ginecólogo, a todas luces un completo inepto, no ha querido comunicarle. Y no halla nada raro en Internet, y se preocupa aún más.
Y así va pasando el tiempo, entre preocupaciones, análisis de sangre y orina un mes sí y otro también, pesando la comida antes de ingerirla, comiendo donuts a escondidas, sintiendo ardores y culpabilidad, chocándose con las columnas en los aparcamientos porque su concepción del espacio ha mutado, y haciendo cada vez más pis, que eso no debe ser ni sano ni nada. Hasta que un día, de repente, siente un burbujeo totalmente nuevo en su vientre. “¿Gases? Sí, deben ser gases.”, se dice a sí misma para no hacerse ilusiones. Pero lo vuelve a sentir, sobre todo cuando está tranquila y relajada. Y una vez, y otra más. El uno le pone la mano en la barriga cada vez que la una dice sentir algo, pero él no nota nada. Es un juego entre su interior y ella. Y ella comienza a llevar mejor la dieta, y las revisiones quincenales, y el pis, y el cansancio. Y se lleva la mano al vientre, y le habla casi sin darse cuenta. En voz bajita, para que sólo su interior la oiga. Y el burbujeo crece y se vuelve patadas. Y el juego ya es buscado entre los dos. Y el uno ya lo puede notar a veces. Pataditas, caricias desde dentro con sus pequeños pies y manos, que parece que ya van tomando una longitud más normalizada. Menos mal.
El interior crece y el exterior también, la tripa ya es considerable. Aparecen los dolores de espalda y los andares de pato. Oficialmente, está embarazada. Ya le ceden el sitio en el autobús y en el metro. Ya le tocan la barriga desconocidas en la cola del súper. Y la una se pavonea y se cree la única embarazada en el mundo. Única y especial. El centro de atención. Pero no lo es y se fastidia un poco, le molesta y se entristece y llora porque nadie la entiende. Ay, las hormonas.
Y sigue pasando el tiempo. Se acerca el momento y llega la obsesión por la casa limpia y el orden, y se enfada porque nuevamente, nadie parece entenderla. Y limpia armarios subida a escaleras aún a sabiendas de que no debería hacerlo. Pero la obsesión enfermiza por la limpieza y el orden puede con la una.
Y se acuesta cansada, exhausta, incomprendida, triste, pero con la casa limpia.
Y de madrugada hace uno de sus numerosos pises y nota algo. Ya está. Ya viene. Y la maleta sin hacer. Se acuesta. Hay tiempo. No quiere despertar al uno aún. Que descanse un poco más. La barriga le duele y se pone dura dura. Ya está aquí. “Uno, despierta, ya viene”. Y corren, vuelan hacia el hospital. La una se retuerce de dolor al llegar. Ya no puede más. Inspira, espira, inspira, espira. Duele. El médico no llega y la una quiere acabar. Su interior lucha por salir. La una se rinde. Duele. Sal, sal ya. Quiere acabar. Quiere verlo.

Un llanto anuncia el fin. El principio. Y a esas nuevas lágrimas se unen las del uno y la una. Felices. 

viernes, 25 de abril de 2014

Sálvese quien pueda

— ¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
Rosa respiró profundamente y alzó la mano.
— Sí, lo juro.

Jamás pensó que se encontraría en una situación similar. Ella, tan pacífica, con una vida tan cómoda, tan tranquila: su trabajo, su familia, sus aficiones... Sus aficiones, ese era el problema. Su mente y su cuerpo habían descubierto los placeres de la vida bohemia: la escritura, la pintura, los buenos libros, los buenos vinos, algún que otro masaje relajante en unos baños árabes... En fin, que no era barato, y con los recortes que su nómina había sufrido en los últimos años, comenzaba a verse un poco ahogada. Su carácter caprichoso le impedía renunciar a ninguno de esos gozos, por lo que no tuvo más remedio que plantearse una salida. Una salida desesperada.

— Señora Domínguez, ¿se encuentra bien?
— ¿Qué? Sí, sí, dígame.
— Le preguntaba si sabe por qué está aquí.
— Sí, lo sé.
— Señores y señoras del jurado, la señora María Rosa Domínguez Moreno está acusada del asesinato de la difunta María José Morales Mora.
El fiscal pasará a continuación a su interrogatorio, para que el jurado pueda recapacitar después sobre su inocencia o culpabilidad.
— Buenos días señora Domínguez. Dígame, ¿dónde se encontraba la tarde del 23 de abril del presente año a las 18.30 horas?
— Buenos días. Me encontraba en el médico. Tenía cita a las 18.35 horas.
— ¿Está enferma? ¿A qué fue allí?
— A una revisión ginecológica, señor.
— ¿Hacía mucho que había pedido esa cita?
— Yo no la pedí. Me la dio la enfermera del doctor Santos, me tocaba en esa fecha.
— ¿Alguien la vio? ¿Hay testigos de su visita médica?
— El personal de administración de la clínica, los pacientes de la sala de espera (que no eran muchos), etc. Además, tienen ustedes en su poder el justificante de asistencia a consulta que me dieron allí.
— Señora, esos justificantes se expiden como churros sin necesidad siquiera de que la vea ningún doctor. Lo hemos comprobado. ¿Llegó a entrar a su revisión? ¿La vio su médico? Y, por cierto, ¿por qué pidió usted un justificante? ¿Trabaja por las tardes?

Rosa se puso lívida, después roja como un tomate y lívida de nuevo.

— No no trabajo por las tardes. La costumbre de pedirlo, supongo.
— No ha contestado a la primera pregunta ¿la vio su médico?
— Yo...
— ¿Cómo explica entonces que el señor Juan José Alarcón Bocanegra la descubriera en el Ateneo de Valencina de la Concepción, junto al señor Jesús Gelo Cotán en flagrante acto criminal?

La acusada se desmoronó. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas sin consuelo. Cuando logró tranquilizarse — no tardó mucho — su mirada era fría y decidida.

— Sí, estuve en el Ateneo, señor Juez. El señor Gelo, Jesús, me utilizó y después me convirtió en cómplice de esta atrocidad. Unas semanas antes me había contado sus planes de quitar de en medio a nuestra profesora del taller de escritura creativa, como solución a nuestros problemas económicos. ¿Sabe? No dejan de recortarnos el sueldo, y ambos tenemos gastos ineludibles.
Coordinar este taller y dividirnos los beneficios, ese era el plan. Yo, para alimentar a mi familia. Él, no sé, para financiar sus largos viajes, supongo.
Yo sólo tenía que mover los hilos para cambiar la sesión de día sin que se enterase nadie más que María, y después abrir el Ateneo, pues yo tengo una copia de la llave, y desaparecer de allí. Jesús se ocuparía de lo demás. Con lo demás, pensaba yo que Jesús se refería a convencerla de alguna forma para que nos cediese este taller — coordinaba varios, ¿sabe usted? — Jesús es bastante persuasivo, y como me pidió que les dejase solos, pensé que su plan era camelarla de otra forma. El novio de María vive en Madrid. Estaba muy sola aquí, ya me entiende. Nunca imaginé que llegaría a hacer algo así.
Pero una vez en el Ateneo no me dejó irme, y casi sin cerrar la puerta comenzó a golpear violentamente a María.
Yo no hice nada... Yo no fui, se lo juro.
— Señora Domínguez, le recuerdo que está usted bajo juramento. No diga nada de lo que después pueda arrepentirse. Si usted no fue ¿cómo es que el monopatín del hijo de la señora Teresa Rodríguez contiene tanto sus huellas dactilares como las de sus zapatos?
— Un par de semanas antes habíamos tenido nuestra reunión semanal en casa de Teresa. Su hijo nos mostró su monopatín y estuvimos haciendo un poco el tonto encima del juguete.
— Es bastante casualidad que la última vez que vieron a la fallecida fuese, precisamente, en la casa del dueño del arma homicida.
— Bueno, tampoco es tanta casualidad. No es raro trasladar el taller a la casa de alguno de nosotros de vez en cuando.
— Si nadie sabía de sus planes de cambio de día del taller ¿por qué apareció por allí el señor Alarcón?
— Le avisó Araceli.
— ¿Se refiere usted a Araceli  Míguez Salas?
— Sí.
— ¿Con qué propósito avisaría la Señora Míguez al señor Alarcón?
— Pretendía que nos descubriese.
— ¿Que les descubriese? Usted afirma ser víctima de las argucias del señor Gelo, no su cómplice ¿No le parece una contradicción ese .que nos descubriese.?
— Es una forma de hablar.
— Comprendo. ¿Cómo pudo poner sobre aviso la Señora Míguez al señor Alarcón si nadie estaba al corriente de sus planes?
— Araceli había leído los correos antes de que yo pudiera borrarlos.
— ¿Por qué tenía usted acceso a los correos de sus compañeros?
— Porque administro el blog del grupo. Ellos mismos me cedieron sus contraseñas al comienzo del taller para que colgase sus escritos. Los muy ilusos nunca cambiaron sus claves.
— Señora Domínguez, cuéntenos cómo consiguieron el monopatín.
— Jesús estaba haciendo un curso en Sevilla por aquella fecha. El hijo de Teresa patina por allí cerca. No fue difícil.
— Antes dijo no conocer las verdaderas intenciones del señor Gelo... Muy curioso que supiera ese detalle...
— ¡Está bien! ¡Lo confieso! Lo planeamos juntos. ¿Usted cree que es fácil mantener este nivel de vida con un simple sueldo de maestra? Yo necesito liquidez para ir a conciertos, comprar libros, vinos con D.O.... Sí, lo hicimos. La matamos. Pero la culpa no es mía, ni de Jesús. No, señor juez, la culpa la tienen los recortes de nuestros gobiernos. ¡Ellos son los culpables!

Y dicho esto, se desmayó sobre su silla.
El jurado, tras mucho deliberar, la encontró inocente, pues claramente era una víctima de este sistema.

El taller de escritura se disolvió. Sus miembros nunca volvieron a verse, a excepción de Jesús y Rosa que, con la cuantiosa indemnización que el Estado tuvo que pagarles por haberlos llevado hasta esa desesperada situación, fundaron una escuela de escritores de gran prestigio: Libros con vino.